El día que hice las paces con la innombrable
- Misma
- 29 ene
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 27 feb

A esta entrada del blog le llamo
EL DÍA QUE HICE LAS PACES CON LA INNOMBRABLE
Las semanas previas a mi último cumpleaños me pegaron fuerte. Tal vez porque comencé a meterme en la cabeza a la innombrable, por culpa de los que en esos días se pasaron preguntando por la cantidad de años que iba a cumplir con una curiosidad merecedora de un tremendo «QUÉ TE IMPORTA». Ven acá, ¿por qué será que a las mujeres nos fastidia tanto que nos pregunten la edad? En ocasiones, me inclino a pensar que lo que realmente nos fastidia del asunto es la intención detrás de la pregunta, y no la edad en sí.
A lo que fui al laboratorio
«¿Qué edad tiene?», me preguntó la muchacha que me registró en el laboratorio al que fui en la semana de la celebración de mi natalicio para hacerme, por orden médica, nada más y nada menos, que un panel de hormonas en los plenos ta.
Mira, querida amiga, créeme cuando te digo que, cuando la escuché, la miré como fiera a punto de atacar a su presa, prohibiéndole con la mirada que llegara a conclusiones sobre mi fertilidad.
Pero nada, que finalmente me dio la impresión de que ella no era capaz de hacer algo así, puesto que, muy naturalmente, continuó haciéndome las preguntas de rigor.
En tanto, yo me vi obligada a controlarme con un: «Misma, bájale. Acaso, ¿estás paranoica? Porque tal parece que sí».
Echándole la culpa al frío
Cinco tubos de sangre me sacaron; ¡¡¡CINCO, mamita!!!
Y como en esos días yo estaba que veía la edad en todas partes, los hijos de su buena madre me recordaron que precisamente hacia esa década era hacia donde me dirigía de cabeza en los años venideros.
Honestamente, desconozco si las hormonas tuvieron algo que ver con las ganas que, en ese momento, me dieron de llorar sin motivo alguno, justo cuando eso vino a mi cabeza en medio del último pinchazo que me estaba dando la técnica del laboratorio.
«¿Estás bien? Ya estamos terminando», me dijo ella al percatarse de mis ojos llorosos, quizás hasta pensando que lo que le pasaba a la Misma era que le tenía miedo a las inyecciones.
«Sí, es que el frío me está dando ganas de estornudar. Estoy bien; no te preocupes», le contesté para salir del paso. Luego, parpadeé en varias ocasiones seguidas para enviarles a los ojos la señal, clara y contundente, de que, al igual que yo, se tenían que controlar.
El trance
Al salir del laboratorio, me detuve en el primer establecimiento de comida rápida que encontré. Necesitaba comprar algo que pudiera echarle al estómago, ya que estaba al borde del desmayo a causa del bendito ayuno. Después de que me entregaron la orden, me estacioné y comencé a comer, casi sin ganas y llorando sin consuelo, mientras de vez en cuando me miraba en el espejo retrovisor en un intento de asimilar que en los próximos días dejaría de tener una edad para tener otra. Qué difícil se me hizo entender la musaraña de la condenada con la que todas hemos crecido —no nacido, que quede claro.
«Mírate, Misma, ya se te va notando la sabiduría en el par de canas; así como en las arrugas los miles de sonrisas. En los labios, todo lo que has amado. El trabajo sucio y las caricias, en las manos. Y en los pies, aunque ahora mismo no te los estás viendo, los caminos ligeros, pero también aquellos que fueron difíciles de recorrer. ¿Los recuerdas? En tus acciones, la seguridad que tanto te costó ganar para atreverte a decir "No". Y de las tetas y las nalgas ni hablemos. Ves, no has envejecido; has vivido».
No fue hasta que sentí que, gracias a mis mocos, el sabor de mi exquisito desayuno seguramente recalentado en el microondas estaba cambiando de sazón, que salí del trance en el que estaba para terminar de comer y esforzarme a como dé lugar por seguir el día al que todavía le faltaban todas sus horas para llegar a su fin.
Puritita mierda
Y coño, yo siempre con mis lamentos, cuando me fijé en lo bello que estaba el cielo, pincelado de azul y con el sol calientito, despejado como jamás lo estará mente humana alguna, así como las palmas, que adornaban la vía principal del centro comercial en tregua con la brisa, y la gente desplazándose de un lugar a otro, en acción, haciendo que las cosas sucedieran, dándole sentido al día, me olvidé hasta de las PUTAS HORMONAS DESEQUILIBRADAS y dejé de renegar de la innombrable. Porque, a decir verdad, la edad es la que me ha dado vida. Por eso es por lo que para mí lo demás, lo demás que se piense y se diga acerca de ella, créeme que es puritita mierda.
(Mt. 22:39)
Hablemos de la edad en la sección de comentarios, querida amiga. Creo que es mucho lo que tenemos que decir, compartir y comentar sobre el tema. Realmente, ¿solo será cuestión de un número?
P. D. No olvides que siempre que así lo desees puedes compartir las entradas de este blog con las mujeres que te rodean, con esas que forman parte de tu comunidad femenina.
Algunas notas para que nos podamos entender:
El término «ta» últimamente se utiliza en mi país de origen, Puerto Rico, para referirse de una manera chic a las edades que terminan precisamente en «ta», como treinta, cuarenta, cincuenta, etc.
El término «musaraña» se utiliza en este caso para referirse al enredo de pensamientos que una persona tiene en la cabeza con relación a algo.
Comentários